prohíbe se escribe con tilde en la i y no “prohibe”

Prohíbe, con tilde en la i, y no prohibe, es la grafía adecuada de esta forma del verbo prohibir, conforme explicado en la página de la Fundación de la Lengua Española. Veamos la explicación dada:

En los medios de comunicación es habitual encontrar frases como «Austria prohibe el burka en pleno debatemigratorio», «Este fin de semana se cumplen 10 años desde la ley antitabaco británica que prohibe fumar en casitodos los espacios públicos cerrados» o «Egipto prohibe a los homosexuales salir en medios de comunicación».

Tal como señala la Ortografía de la lengua española, una vocal cerrada tónica (i, u) seguida o precedida deuna vocal abierta (a, e, o) forma hiato y lleva siempre tilde sobre la vocal cerrada, incluso si existe unahache intercalada y con independencia de las reglas generales de acentuación: día, reír, prohíbe, búho, prohíja,cohíbo, caída

Aunque esta norma suele aplicarse adecuadamente, cuando en la palabra aparece una hache entre vocales eshabitual dudar. La norma académica establece ya desde 1956 que la presencia de una hache no afecta a laacentuación del hiato, por lo que se escribe con tilde búho (igual que dúo) o vahído (igual que caído).

Así pues, en los ejemplos iniciales lo apropiado habría sido escribir «Austria prohíbe el burka en pleno debatemigratorio», «Este fin de semana se cumplen 10 años desde la ley antitabaco británica que prohíbe fumar en casitodos los espacios públicos cerrados» y «Egipto prohíbe a los homosexuales salir en medios de comunicación».

Tomado de: http: www.fundeu.es/recomendacion/prohibe-con-tilde-en-la-i-no-prohibe/

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El diccionario de la lengua española y la mujer

Por

AMHERST, Massachusetts — Haga usted un experimento: busque una palabra no solamente en un diccionario, sino en muchos distintos. Lo que hallará lo sorprenderá.

Yo mismo lo hice hace poco. Le seguí la pista a la palabra mujer, que —no hace falta decir— está sobrecargada de significado. Desarrollé este experimento en orden regresivo, del diccionario más usado en la actualidad al más polvoriento.

Primero fui al Diccionario de la Lengua Española, que es algo así como un instrumento evangelizador en el mundo hispánico. La edición a la que acudí es de 2001. Dice, entre otras cosas, que mujer es una “persona del sexo femenino”.

Hoy esta definición parecerá sensata a la mayor parte de los usuarios. Se ajusta más o menos a los lineamientos culturales de nuestra sociedad. Pero hay quien se siente incómodo y tengo prueba de ello. Hace unos días se la mostré a un grupo de estudiantes de entre 18 a 22 años. Casi todos estaban inconformes. Propusieron una definición alternativa: “Persona que por sí misma se identifica con el sexo femenino”. Argumentaron que en el presente entendemos la sexualidad como un atributo biológico y también como una dimensión cultural. Uno no nace mujer sino se hace o elige serlo. Es decir, el sexo es una construcción social. Las personas transgénero optan por pertenecer a un sexo u otro.

Esa actitud es muestra de cómo los diccionarios están atrapados irremediablemente en su época. En sus páginas cabe toda la lengua. Vamos a ellos en busca de exactitud. Pero la exactitud de ahora es la inexactitud de mañana. Las expresiones que nos ofrecen son de quienes las hacen y, como anunciaba José Ortega y Gasset, cada uno de nosotros es en sí mismo y en su circunstancia. No es improbable que en la próxima edición del DLE se introduzcan cambios, no importa cuán sutiles sean.

Mi aventura me llevó a otros diccionarios. El Breve diccionario crítico etimológico del español (edición revisada de 1991), de Joan Corominas, dice que mujer viene del latín mulier y da estos derivados: mujercilla, mujerzuela, mujeriego, mujerío, mujerona y mujeruca. La lista da miedo.

María Moliner, una de mis heroínas (por cierto, esta palabra está en vías de extinción) que hasta donde entiendo es la única mujer que por cuenta propia se ha encargado de compilar un diccionario entero (salió en 1962) en castellano, y cuyo interés estaba en los usos que hacemos de las palabras, dice, otra vez entre otras cosas, que ¡Mujer! (Moliner envuelve la palabra entre signos de puntuación) es un “vocativo empleado en exclamaciones en lenguaje familiar, dirigiéndose a niñas o mujeres a las que no se les trata con respeto”. Da varios ejemplos, entre ellos: “¡Mujer… qué cosas dices (ve con más cuidado, …no digas esas cosas, …no quería decir eso, …acompáñame a casa)!”.

Moliner empezó a recopilar palabras en la segunda mitad de los cuarenta, un par de décadas antes de la así llamada “segunda ola feminista”. Ya para entonces ella compartía algunos de los manifiestos de esa ola. Su amigo Dámaso Alonso la impulsó a convertir su pasión en un libro que fuera útil a los demás. Ella silenciosamente insertó en sus definiciones un rechazo a las normas aceptadas de su contexto. Lo hizo sin propuestas aparatosas. Así, poco a poco y desde la sombra, es como trabajan los lexicógrafos. Su impacto es enorme porque establece los parámetros del conocimiento.

Hoy el de Moliner se conoce como Diccionario de uso del español. La edición que tengo en mi biblioteca personal ofrece una lista de variantes del uso de la palabra mujer. Por ejemplo, “mujer de la calle”, “mujer pública”, “mujer fatal”, “mujer objeto” y “de mujer a mujer”. Estas variantes dan muestra de la dosis de subjetividad que inyectamos en la palabra. Reconocer su veracidad es comprobar que hay pocas palabras neutrales.

Seguí luego en mi búsqueda con el Diccionario de autoridades, que fue hecho entre 1726 y 1739. Este lexicón sirvió de base en la redacción del Diccionario de la Lengua Española. El de Autoridades anuncia que muger (hasta el siglo XIX la palabra se escribía con g) “se entiende regularmente a la que está casada con relación al marido”. Dice que muger de la casa es “la que tiene gobierno y disposición para mandar y ejecutar las cosas que le pertenecen y cuida de su hacienda y familia con mucha exactitud y diligencia”. El mensaje es inconfundible: la mujer es esposa y regente doméstica.

De allí, lo que encontré fue, como decía Cantinflas, “de mal en pior”. El primer diccionario importante en nuestra lengua es el Tesoro de la lengua castellana o española, de Sebastián de Covarrubias, que fue auspiciado por el Santo Oficio de la Inquisición y apareció en 1611. Esta es una fecha importante porque está entre la aparición de la primera y la segunda parte del Quijote, la obra cumbre de la hispanidad renacentista. Allí hallé un párrafo largo y laberíntico que no alcanza a compactarse. Entre otras cosas —y aunque usted no lo crea— dice que muger es “tormento de la casa, naufragio del hombre, embarazo del sosiego, cautiverio de la vida, daño continuo, disfrazado veneno y mal necesario”.

Más que una definición, la de Covarrubias es un exabrupto misógino. Claro que en su época la actitud general ante las mujeres era la de verlas y tratarlas como seres inferiores. Hacia 1680, unos setenta años después, sor Juana Inés de La Cruz, la monja poeta, escribía en México sobre los “hombres necios que acusáis a la mujer sin razón, sin ver que sois la ocasión de lo mismo que culpáis”.

Mi experimento fue a la vez asombroso y revelador. Los diccionarios son depósitos de la memoria colectiva. Un recorrido a través de ellos es un viaje en el tiempo. Sirve para percatarse de que las palabras que usamos a diario son más que meros vocablos. Guardan secretos históricos. Este ir y venir me hizo pensar en la “Oda al diccionario” de Pablo Neruda, acaso uno de los poemas más hermosos que conozco:

Diccionario, no eres tumba, sepulcro, féretro, túmulo, mausoleo,
sino preservación, fuego escondido, plantación de rubíes, perpetuidad viviente de la esencia, granero del idioma.

Tomado de: https://www.nytimes.com/es/2017/10/06/el-diccionario-y-la-mujer/

 

Errores típicos al escribir un libro

Errores al escribir

Por:    Carmen Guillén

Si el otro día pensaba en esos lectores que también son escritores, hoy lo vuelvo a hacer. Os traigo una serie de errores típicos al escribir un libro que quien más y quien menos ha cometido alguna vez. ¿Estáis de acuerdo con ellos? ¿Pondríais algunos más?

Vamos a enumerarlos:

  1. Los detalles y la excesiva adjetivación es lo que más abunda en muchos textos literarios. ¡Error! Para hacer una lectura agradable, sencilla y amena, debes poner los detalles precisos y no cargar el texto en exceso de ellos. Estos sólo consiguen aburrir al lector y que cada vez se sienta más perdido en tu lectura.
  2. No te pones en la piel del lector. Cuando escribimos, debemos hacerlo pensando además de que nos guste a nosotros mismos, que le guste a nuestros lectores. Por ello, antes de empezar, te recomendamos que selecciones el público al que quieres dirigir tu obra (público infantil, juvenil, lectores de novela erótica, apasionados de la historia, mujeres, etc.) y pensar en todo momento, si lo que estamos escribiendo le gustaría a ese público seleccionado. Así te asegurarás de que en caso de que lo auto-publiques o te lo publiquen, tengas éxito.
  3. No dejes finales abiertos. A veces están bien, pero la verdad es que es realmente “cruel” escribir una novela realmente buena que nos deje expectantes hasta el final para encontrarnos que este es abierto a la imaginación de cada uno. Estos finales no suelen gustar.
  4. Un diálogo mal hecho. Los diálogos entre personajes es de lo que más atormenta a los escritores. Muchos son demasiado ficticios y no tienen nada de naturalidad; otros sin embargo, son demasiado simples y no tienen demasiada consecuencia ni efecto en el resto del libro. Cuando hagas un diálogo, dedícale tiempo y léelo tantas veces haga falta antes de continuar tu libro.
  5. Expresiones que estamos hartos de oír. Muchas veces escribimos coletillas o expresiones que todos escuchamos y leemos en uno y otro lado. No las utilices, y si lo haces, que sea rara vez. Suelen cansar al lector.
  6. No escribas un final más que evidente desde la primera página de su lectura. Los finales que se intuyen desde las primeras páginas del libro hacen que el resto sea demasiado aburrido porque no dejas nada a la imaginación del lector, y de estos, por desgracia, abundan…

Podría poner alguno que otro más, pero no voy a ser la típica redactora pedante (los narradores pedantes también suelen ser bastante tediosos de leer) y os dejo con estos seis. ¿Creéis que me equivoco con ellos o por el contrario estáis de acuerdo?

Tomado de: https://wordpress.com/read/blogs/43034577/posts/27783

Vea tambiém:

La ortografía de las redes sociales en la mira de los lingüistas

https://espanolaldia.wordpress.com/2013/10/06/manual-ortografico-para-escribir-en-internet/

Al final de cuentas, ¿es español o castellano?

Español o Castellano

Senda confusión esta que crea nuestra maravillosa lengua serventina. Especialmente para los extrajeros, aun persiste la duda por el uso de los términos español y castellano.

Es frecuente que al preguntar por el nombre de la lengua de los hispanohablantes obtengamos dos respuestas: castellano y español. Haga la prueba. Por lo general, empleamos ambos indistintamente; sin embargo, si atendemos a su origen podemos afirmar que entre estos dos términos existe alguna diferencia.

Como sabemos, nuestra lengua tiene su origen en el latín vulgar implantado en la península ibérica (actual España y Portugal) desde el siglo III a. C. y que hacia el siglo VII se irá fragmentando hasta dar lugar a las llamadas lenguas romances: castellano, catalán, gallego, portugués, ente otras.

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¿De dónde vienen? ¿Especial o diversa?

elespanolaldia

educacionDesde el punto de vista etimológico, especial, palabra registrada en la lengua española alrededor del 1220-1250, se deriva de especie, del latín species, “tipo, especie” y propiamente “aspecto, apariencia”, porque, a su vez, species viene de specere, palabra que en el latín arcaico significaba “mirar”. Hoy, su primera acepción en el DRAE reza: “singular o particular, que se diferencia de lo común o general”.
Entre sus sinónimos se hallan extraordinario, excepcional, asombroso, bello, bueno, impresionante, extraño, grande, original, raro, diferente, diferenciado, personal, particular, propio, singular, único, exclusivo, aislado, concreto, determinado, distinto, de encargo, específico, individual, a la medida, peculiar, señalado, separado, sui generis. El término especial procede del latín especialis, al igual que especializar, especialista y especialidad, y también se relaciona con especioso, de speciosus, “hermoso, con una bella apariencia”.
Sin embargo, defecto, “carencia de alguna cualidad propia de algo…

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