Hacia el español internacional

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El llamado «español neutro»

Vivimos en un mundo diferente, muy diferente, del que conocíamos hace apenas veinte años. No cabe duda de que a ello ha contribuido un importante cúmulo de sucesos, inventos, descubrimientos y un largo etcétera. Sin embargo, en la aparición de este nuevo estado de cosas, no ha sido escasa la colaboración de Internet y de la televisión. La auténtica revolución que han producido en el campo de las comunicaciones es colosal; no en vano, algunos estudiosos no se han resistido a comparar este momento con el de la invención de la imprenta, hace ya quinientos años.

Humberto López Morales
Humberto López Morales, Secretario General de las Academias de la Lengua Española

Internet, «el medio de comunicación masiva más democrático inventado hasta la actualidad» (Ávila, 2001), que «ejerce una fuerte seducción sobre sus usuarios con tres armas de máxima aplicabilidad: gratuidad, comodidad e inmediatez» (Andión, 2001), nos ofrece una larguísima serie de materiales desde cualquier lugar del mundo. La Malla Mundial Mayor (mmm) —como se traduce al español World Wide Web (www)— une lo gráfico (textos, foto y vídeo) con lo auditivo (música) y lo visual y auditivo (vídeo), y nos lo presenta en casa, no importa cuál sea su lugar de origen ni el momento de su producción. Estamos, pues, ante la fusión de la imprenta (textos), la radio (sonido), la fotografía y el cine (imágenes en movimiento y sonido).

Igualmente la televisión nos abre hoy puertas, insospechadas en los momentos de su invención, gracias a su extraordinaria internacionalización. El que podamos ver, en tiempo real, cualquier suceso desarrollado en el más remoto confín del mundo es una especie de milagro laico, que debemos a la ciencia, a los satélites y a las antenas parabólicas.

Es evidente que tales sistemas de comunicación necesitan de soportes lingüísticos. El espectacular desarrollo del uso del español en estas autopistas de la información de los últimos años ha magnificado su importancia en el mundo actual. Esta circunstancia conlleva, sin embargo, diversos requisitos, que han sido juzgados de manera muy desigual. Es un hecho incuestionable que, para que una lengua viaje con éxito por las ondas, tiene que ser «comprensible» para todos, o, al menos, para la gran mayoría de quienes la conocen en el mundo.

Lo que preocupa a muchos —aun a los que reconocen estos hechos fundamentales— es que la necesidad de homogeneizar al máximo nuestras variedades dialectales fuerce a crear un «español neutro» (etiqueta empleada con fuertes matices peyorativos), en el que desaparezcan los rasgos definitorios de la personalidad cultural que esas variedades conllevan.

Se piensa que la buscada neutralidad se consigue simplificando la lengua y reduciendo el vocabulario a mínimos insospechados, es decir, a costa de trabajar con una modalidad desleída, raquítica y despersonalizada, y se culpa de este hecho a los resultados de la globalización lingüística que estamos sufriendo. Véase, por ejemplo, el parecer del ensayista argentino Miguel Wiñazki:

Para algunos, como para el lúcido filósofo español Eduardo Subirats, los medios de comunicación por su propia lógica productiva (por el hecho de que deben ser concisos y claros) tienden a poner en cuarentena el lenguaje, a congelarlo, a «desinfectarlo» de la vitalidad de la literatura, por ejemplo, para tornarlo neutro, simplista y por lo tanto artificial. De esta manera, los medios inyectarán en sus audiencias ese vacío que las masifica: «Es una masa configurada por los containers y las autopistas mediáticas, una masa inducida, definida y controlada por el flujo mediático». Ese control mataría la lengua, la condenaría a constituirse en una pseudo-lengua, en una ficción semiótica, que simula comunicar cuando solo robotiza audiencias y coloniza el profundo espacio de la palabra con composiciones sintácticas y semánticas, rudimentarias, reiteradas y banales (Revista Ñ-Clarín, 13 de noviembre de 2004).

Preocupa de la llamada «globalización», como se ve, la amenaza que supone para las identidades locales. Sin embargo, no conviene magnificar este hecho muy discutible, y sí pensar —como nos recuerda Irene Lozano (2005)— que tal obstinación «puede nublar el razonamiento y provocar despistes respecto a cuáles son los valores que verdaderamente deben ser reivindicados y defendidos: la igualdad, la libertad, la justicia, la tolerancia».

Por otra parte, además de la tan llevada y traída «simplificación», algunos temen que esa apertura al mundo, esa internacionalización del español, pudiera llegar a afianzar el empleo inadecuado e incorrecto de nuestra lengua de que hacen gala —según estos estudiosos— los medios de comunicación de hoy. También en este caso se han hecho desde advertencias moderadas hasta pronósticos apocalípticos y escalofriantes.

Español Neutro

Atiéndase a estos botones de muestra: el léxico, dice Manuel Mourelle de Lema (1998), es, con harta frecuencia, «trepidante y aun traumático» —por eso el español neutro ha sido calificado por los críticos de «mediocre, al tiempo que resaltan su pobreza y desnaturalización»—, y añade: «Extraño español que se ha dado en denominar español neutro [que] se sigue utilizando en los doblajes que se hacen en México.

Sus características son, entre otras, las siguientes: acentuación neutra, con pocos matices regionales o locales, lenguaje simplificado en léxico y sintaxis, hasta grados deplorables de empobrecimiento»; Manuel Santiago Blanquer i Planells (1998) habla de que el lenguaje de los programas doblados, incluso el de los noticieros, se compone de un vocabulario que «es muy reducido»; Sergio Sarmiento (1998), por su parte, declara que este lenguaje «no es más pobre de lo que usualmente encontramos en las calles de nuestras ciudades»; Juan Luis Cebrián (1998) lo considera «made in Hollywood» (!) y culpa a los medios de crearlo y de difundirlo, y Lila Petrella (1998) indica que su vocabulario es «reductivo» y lo acusa de yuxtaponer diferentes normas dialectales. Solo esta última investigadora hace una salvedad: este español neutro afectaría a las obras de creación, en cambio, podría tener sentido para documentales e informativos.

Algunas de estas críticas van acompañadas de quejas sobre el mal uso de la lengua que prima en los medios: José Manuel de Pablos (1998), refiriéndose a la prensa española, concretamente a El País, dice que se caracteriza por los continuos errores y por las escandalosas faltas ortográficas; Manuel Mourelle de Lema (1998) señala que el lenguaje de los medios es cada vez «menos reflejo del dominio académico»; Juan Gustavo Cobo Borda (1998) insiste en la existencia de errores y recomienda hacer lo que acostumbran los periódicos colombianos, tirar de las orejas «a los infractores de la lengua y que extiendan su rigor a los barbarismos de la radio y los idiotismos de la televisión», y Jacobo Zabludovsky (1998) muestra su preocupación por que un medio tan formidable como la televisión pueda llegar a magnificar los barbarismos que aparecen en libros y periódicos.

Hay ocasiones en que estas quejas van acompañadas de críticas a las Academias de la Lengua, en especial a la Real Academia Española porque, no solo no colabora en la erradicación de este lamentable estado de cosas, sino que lo propicia. Por una parte, según Sergio Sarmiento (1998), porque intenta imponer las normas académicas, con su obsesión purista de la lengua, que son completamente ajenas a la enorme mayoría de la población; Juan Luis Cebrián (1998) parece compartir este punto al calificar a estas corporaciones de decimonónicas, elitistas y trasnochadas, productos como son del despotismo ilustrado.

Por otra parte, porque ayuda con sus decisiones idiomáticas a corromper la lengua de los medios: José Manuel de Pablos (1998), el más feroz de estos críticos, habla del Diccionario de la Real Academia como de «un recital de despropósitos», y afirma que como esto ayuda tanto al empobrecimiento y al error, puesto que los acepta y les da legitimidad con notable ligereza, el lema de la Real Academia debería ser «Acepta, vulgariza y lamina».

Añádase este otro ramillete, recogido por Raúl Ávila (1998b): Ernesto de la Peña (1982), erudito mexicano, considera que «la televisión, en efecto, es el punto en que confluyen todos los elementos contaminantes del habla cotidiana, todos los giros vitandos, todas las vulgaridades», y advierte sobre «el peligro que corre, no solo nuestra lengua en bocas que no tienen interés alguno en conocerla mejor, sino el público que recibe, casi como una comunión, los mensajes que se le quiere transmitir.

A mayor influencia de personas mal preparadas, corruptoras del lenguaje, mayor riesgo de infección en el habla de los telespectadores»; J. A. Fernández (1989), hablando de la televisión española, censura las «violencias, anomalías, deformaciones, barbarismos, neologismos, alteraciones, extranjerismos, etcétera» que aparecen en ella; en el libro titulado Teleperversión de la lengua, Enrique Montanillo y María Isabel Riesgo (1990) se quejan de «la incompetencia lingüística de los periodistas, especialmente de los que trabajan en la televisión», ya que «una vez cometido el error ya no hay manera de enmendarlo antes de que llegue a oídos del oyente o telespectador», y otro libro, este sobre la televisión venezolana, El pobre lenguaje de la televisión, de Eddie González (1988), se pronuncia en el mismo sentido.

En medio de tal bombardeo, las voces sensatas —Manuel Alvar (1990) y Manuel Casado Velar de (1995), por ejemplo—, que matizan con finura la situación lingüística en la televisión, pasan prácticamente inadvertidas.

Tomado de la obra: EL FUTURO DEL ESPAÑOL, de Humberto López Morales.

Referencias

  • Para bajar el audio, clique en: http://www.ivoox.com/hacia-espanol-internacional-audios-mp3_rf_3043288_1.html.
  • Alvar, Manuel, «Medios de comunicación y lingüística», Lingüística Española Actual, n.º 12 (1990), pp. 151-173.
  • Andión, María Antonieta, «La lengua en la prensa española
    e hispanoamericana en Internet: el fantasma de la diferenciación», Español Actual, n.º 76 (2003), pp. 71-92.
  • Ávila, Raúl, «El lenguaje de la radio y la televisión: primeras noticias», en II Encuentro de lingüistas y filólogos de España y México, Universidad de Salamanca, Salamanca, 1994, pp. 101-117.
  • Cebrián, Juan Luis, «Academias menos aristocráticas y medios de comunicación menos arrogantes», en La lengua española y los medios de comunicación, vol. I, 1998, pp. 85-90.
  • González, Eddie, El pobre lenguaje de la televisión, Maraver, Maracaibo, 1988.
  • López García, Ángel, «La unidad del español: historia y actualidad de un problema», en Gregorio Salvador y Manuel Seco (eds.), La lengua española, hoy, Fundación Juan March, Madrid, 1995, pp. 77-87.
  • Lozano, Irene, Lenguas en guerra, Espasa Calpe, Madrid, 2005.
  • Montanillo Merino, Enrique y María Isabel Riesgo, Teleperversión de la lengua, Anthropos Editorial Hombre, Barcelona, 1990.
  • Pablos, José Manuel de, «Tecnología, Internet y español, flujo de influencia y dependencia», en Lengua española y medios de comunicación, vol. I, 1998, pp. 433-452.
  • Parra, Marina, et al., Difusión internacional del español por radio, televisión y prensa, Instituto Caro y Cuervo, Bogotá, 1999.
  • Peña, Ernesto de la, «El lenguaje de la televisión», en La política lingüística de México, 2.ª parte, Comisión para la Defensa del Idioma Español, Secretaría de Educación Pública, México, 1982.
  • Petrella, Lila, «El español “neutro” de los doblajes: intenciones y realidades en Hispanoamérica», en La lengua española y los medios de comunicación, vol. II, 1998,
    pp. 977-988.
  • Real Academia Española-Asociación de Academias de la Lengua Española, Diccionario panhispánico de dudas, Editorial Santillana, Madrid, 2005.
  • Sarmiento, Sergio, «La responsabilidad de los medios en el uso de la lengua», en La lengua española y los medios de comunicación, vol. II, 1998, pp. 1.137-1.141.

 

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